La alquimia de lo que soy: evolucionar desde lo vivido, aprender del camino y trascender dejando huella.
Hay momentos en la vida en los que avanzar significa moverse con determinación. Otros, en cambio, exigen detenerse.
Durante mucho tiempo pensé que avanzar era mantener siempre el mismo ritmo: cumplir metas, asumir responsabilidades, estudiar, trabajar, enseñar, investigar, construir proyectos y continuar. Con los años he comprendido algo diferente:
A veces se avanza, a veces se detiene, pero finalmente se avanza.
Quizá la vida no pueda medirse únicamente por la velocidad con la que alcanzamos nuestros objetivos, sino por la capacidad que desarrollamos para seguir caminando después de cada pausa.
Hay etapas en las que el cuerpo necesita detenerse para que las ideas puedan avanzar. Hay otras en las que necesitamos silencio para escuchar lo que realmente queremos. Y existen momentos en los que una pausa no representa retroceso, sino preparación.
Por eso, hoy miro mi trayectoria con una perspectiva diferente.
Ya no intento juzgar las decisiones que tomé ayer con la conciencia que tengo hoy.
La decisión que tomé en su momento le perteneció a ese tiempo.
Porque cuando miramos el pasado solemos hacerlo con información, experiencia y serenidad que entonces todavía no teníamos. No podemos volver para tomar mejores decisiones con la experiencia de hoy; pero sí podemos utilizar la experiencia de hoy para tomar mejores decisiones desde este momento.
Esa diferencia parece pequeña, pero transforma nuestra relación con el pasado.
La experiencia deja entonces de ser una colección de recuerdos y se convierte en criterio.
La disciplina de seguir construyendo
Con el tiempo también he comprendido que la determinación no siempre tiene la forma de una gran decisión.
A veces tiene la forma mucho más sencilla de levantarse y continuar.
La disciplina aparece precisamente allí: cuando la motivación disminuye, cuando una oportunidad tarda en llegar, cuando un proyecto necesita más tiempo del esperado o cuando el resultado todavía no refleja todo el esfuerzo realizado.
La investigación sobre grit, desarrollada por Angela Duckworth y sus colegas, ha estudiado precisamente la relación entre perseverancia, pasión y objetivos de largo plazo (Duckworth et al. 2007). La perseverancia, sin embargo, no debería confundirse con insistir ciegamente. Para mí, la verdadera disciplina también implica saber cuándo continuar, cuándo ajustar y cuándo detenerse para volver a comenzar mejor.
Por eso cada vez creo menos en la idea de esperar el momento perfecto.
Hay personas que esperan que llegue una oportunidad para empezar a construir. Otras empiezan a construir, y con el tiempo las oportunidades encuentran el camino hacia ellas.
La diferencia no está solamente en las oportunidades que recibimos. Está también en aquello que hacemos mientras esperamos.
Construir.
Aprender.
Prepararnos.
Equivocarnos.
Volver a intentar.
Y seguir.
La experiencia también transforma nuestra manera de mirar
Hay una frase que resume una de las lecciones más importantes que me ha dejado el tiempo:
“Mi error era creer que todos piensan como yo.”
La madurez no consiste en desconfiar de todos. Tampoco consiste en endurecernos.
Consiste en comprender que cada persona interpreta la realidad desde su propia historia, sus experiencias, sus intereses y sus limitaciones.
Por eso aprendí que la prudencia selecciona.
La desconfianza generalizada puede aislarnos; la prudencia, en cambio, nos permite observar antes de entregar confianza, responsabilidades o espacios importantes en nuestra vida.
La vida no siempre nos vuelve más duros. A veces nos vuelve más conscientes.
Aprendemos que la bondad necesita prudencia, que la confianza se construye con el tiempo y que establecer límites no significa dejar de creer en las personas.
Significa comprender que el respeto por uno mismo también es una forma de amor.
Y esa comprensión también tiene una dimensión profesional.
No todas las opiniones tienen el mismo valor.
Escucho con respeto, pero no tengo que aceptar todo lo que escucho. Las interpretaciones de los demás no son necesariamente hechos.
Por eso hoy me pregunto:
¿Esto merece ocupar mi mente?
La pregunta parece sencilla, pero contiene una poderosa disciplina emocional.
No puedo controlar lo que otros piensan de mí. Sí puedo decidir cuánto poder les concedo sobre mi tranquilidad.
Puedo escuchar.
Puedo reflexionar.
Puedo identificar si existe algo que aprender.
Y después puedo decidir:
“Escucho. Reflexiono si hay algo que aprender. Y luego decido si esa opinión merece quedarse... o simplemente dejarla pasar.”
La resiliencia no siempre significa resistir
Durante mucho tiempo asocié la resiliencia con la capacidad de soportar.
Hoy la entiendo de una manera más amplia.
Resiliencia también significa adaptarse sin perder el sentido de quién somos.
La investigación de Ann Masten ha mostrado que la resiliencia no debe entenderse únicamente como una cualidad extraordinaria de personas excepcionales, sino como un conjunto de procesos que permiten una adaptación positiva frente a circunstancias adversas (Masten 2001).
Por eso me identifico con esta idea:
“Hay cargas que no desaparecen; simplemente aprendemos a llevarlas sin dejar de avanzar.”
Algunas cargas no desaparecen.
Algunos recuerdos permanecen.
Algunas preguntas no encuentran una respuesta inmediata.
Algunos caminos se vuelven más lentos.
Pero la convicción, la fe y la esperanza pueden convertirse en aquello que sostiene cada paso.
La resiliencia, entonces, no significa caminar sin cansancio.
Significa no permitir que el cansancio determine el destino.
Elegir dónde ponemos nuestra energía también es liderazgo
Hay una etapa de la vida en la que uno quiere explicar, demostrar y responder.
Después llega otra en la que uno comienza a comprender que no todas las batallas merecen ser libradas.
No toda batalla merece tu energía.
La paz también se construye eligiendo con quién compartir el camino.
No todas las personas que llegan están destinadas a quedarse. Y aprender a cerrar algunas puertas, sin odio y sin ruido, también es una forma de seguir avanzando.
No necesito convencer a todos.
No necesito demostrar quién soy a quienes ya decidieron no verlo.
Mi integridad, mis acciones y mis principios pueden ser una guía mucho más firme que cualquier juicio externo.
Aquí encuentro una conexión profunda con el liderazgo.
Porque liderar también implica administrar nuestra energía, nuestras emociones, nuestras palabras y nuestras decisiones.
Una persona puede tener autoridad y no tener liderazgo. Puede ocupar una posición y no generar transformación.
El liderazgo que me interesa es diferente.
Liderar no es únicamente alcanzar resultados; es influir de manera que algo valioso permanezca después de nosotros.
La literatura sobre liderazgo transformacional ha estudiado precisamente la capacidad del liderazgo para generar cambios que trascienden la simple administración de tareas y resultados (Bass and Riggio 2006).
Por eso, cada vez estoy más convencida de que:
El liderazgo adquiere sentido cuando transforma resultados en capacidades y capacidades en posibilidades para otros.
Conocimiento como servicio
Una parte importante de mi camino profesional ha estado vinculada con la investigación, la formación y el aprendizaje.
Y con el tiempo esa experiencia también transformó mi definición de conocimiento.
Creo en el conocimiento como una forma de servicio.
Cada investigación, cada clase y cada proyecto que desarrollo buscan aportar al fortalecimiento del cooperativismo y de las organizaciones que trabajan por el bienestar de las personas.
Para mí, aprender no tiene sentido si el conocimiento termina únicamente en quien lo adquiere.
El verdadero valor aparece cuando ese conocimiento puede convertirse en mejores decisiones, mejores organizaciones, mejores profesionales y mejores oportunidades.
Por eso la gestión tampoco puede reducirse a ejecutar.
La planificación define el rumbo, la organización prepara las capacidades, la dirección moviliza, la ejecución convierte las decisiones en realidad y el control aprende de los resultados.
Y aquí aparece algo que considero fundamental:
La gestión no termina cuando se alcanza un resultado; comienza la pregunta de qué hacemos con lo aprendido.
Esta perspectiva conecta con la idea de las organizaciones que aprenden: organizaciones capaces de desarrollar capacidades para adaptarse, reconocer amenazas y aprovechar nuevas oportunidades (Senge 1990).
La ética determina cómo avanzamos
Con los años también he llegado a una convicción:
Los resultados pueden mostrar cuánto alcanzamos; la ética permite preguntarnos cómo lo alcanzamos.
La ética no debería aparecer al final de la gestión como un mecanismo de control.
Debe estar presente desde el momento en que decidimos hacia dónde avanzar.
La investigación sobre liderazgo ético ha planteado que los líderes constituyen una fuente importante de orientación ética para las personas dentro de las organizaciones (Brown, Treviño, and Harrison 2005).
Por eso, una organización puede ser eficiente y, sin embargo, perder legitimidad si sus resultados no están acompañados de principios.
La pregunta no debería ser solamente:
¿Qué conseguimos?
También deberíamos preguntarnos:
¿Cómo lo conseguimos?
¿A quién benefició?
¿Qué dejamos después de conseguirlo?
Y quizá la pregunta más importante:
¿Podemos sentirnos orgullosos de la manera en que llegamos hasta allí?
Sostenibilidad: permanecer con propósito
La sostenibilidad tampoco debería entenderse solamente como permanecer.
Para mí:
La sostenibilidad consiste en conservar la capacidad de generar valor sin comprometer aquello que permite hacerlo posible.
Crecer responde a cuánto podemos alcanzar.
Sostenernos exige preguntarnos cómo podemos hacerlo responsablemente.
La discusión contemporánea sobre sostenibilidad empresarial amplió precisamente la mirada hacia dimensiones económicas, sociales y ambientales, como plantea Elkington con su propuesta del triple bottom line (Elkington 1997).
Pero hay algo que para mí va todavía más allá:
Una organización sostenible no solamente administra recursos.
Desarrolla capacidades para responder a lo que todavía no conoce.
Y allí vuelven a encontrarse gestión, liderazgo, ética y aprendizaje.
Estoy escribiendo una página más
Durante mucho tiempo pensé que estaba construyendo una trayectoria profesional.
Con el tiempo comprendí que, en realidad, estaba construyendo la voz con la que algún día escribiría mi historia.
Por eso hoy puedo decir:
“Estoy escribiendo una página más de la profesional que quiero ser dentro de diez años.”
No sé exactamente cómo será esa profesional.
Pero sí sé qué quiero que permanezca:
conocimiento, integridad, servicio, disciplina, determinación, capacidad de aprender, capacidad de enseñar y voluntad de construir.
Hubo un tiempo en que medía mi avance por las fechas que cumplía.
Después comprendí que algunas obras no se construyen contra el calendario, sino a favor de la vida.
Dejé de preguntarme cuándo terminaría el libro y empecé a preguntarme si cada página reflejaba la mujer en la que me estaba convirtiendo.
Entonces comprendí que el verdadero plazo no lo marcaba el reloj.
Lo marcaba la madurez de aquello que deseaba compartir.
Y entonces aparece la trascendencia
Quizá esta sea la idea que hoy reúne todas las anteriores.
Planificar.
Gestionar.
Liderar.
Comunicar.
Decidir.
Aprender.
Resistir.
Volver a empezar.
Todo tiene un propósito mayor.
Planificar permite proyectar, gestionar permite ejecutar, liderar permite movilizar y comunicar permite conectar; pero la ética determina cómo avanzamos y la trascendencia para qué vale la pena hacerlo.
La verdadera trascendencia no se mide por cuánto controlamos.
Se mide por cuánto somos capaces de transformar.
Por eso:
Liderar para trascender implica dejar capacidades, no dependencias.
Y quizá esa sea la diferencia entre haber ocupado un lugar y haber dejado una huella.
Un líder puede administrar un período.
Un liderazgo con propósito construye futuro.
Porque liderar para trascender no es buscar que nos recuerden.
Es trabajar para que nuestra contribución continúe siendo útil cuando nosotros ya no estemos presentes.
Una nueva página
Hay etapas en las que necesitamos detenernos.
No para abandonar.
No para renunciar.
No para mirar atrás con culpa.
Sino para recuperar perspectiva.
Para ordenar prioridades.
Para escuchar nuestro propio silencio.
Para recordar por qué comenzamos.
José Saramago escribió que “el fin del viaje es simplemente el comienzo de otro”, en Viaje a Portugal (1981). La frase expresa muy bien una idea que hoy también siento propia: los finales pueden ser puntos de transición, no necesariamente puntos de llegada.
Y quizá por eso esta etapa merece ser recibida con serenidad.
Porque todavía hay páginas por escribir.
Hay investigaciones por desarrollar.
Hay clases por compartir.
Hay profesionales por formar.
Hay organizaciones a las que aportar.
Hay proyectos que todavía no existen.
Y hay una mujer que todavía estoy construyendo.
Así que sigo.
Con más experiencia.
Con más prudencia.
Con más conciencia.
Con más disciplina.
Con más determinación.
Con resiliencia.
Y, sobre todo, con propósito.
Porque hoy sé que:
A veces trascender comienza cuando dejamos de medir nuestra capacidad por las puertas que se cerraron y empezamos a construir desde las que todavía podemos abrir.
Y si algún día alguien me pregunta qué significa para mí avanzar, probablemente responderé:
No se trata de dónde empiezas, sino de la decisión diaria de seguir adelante.
La alquimia de lo que soy
Quizá eso sea, finalmente, la alquimia:
convertir experiencia en sabiduría,
conocimiento en servicio,
disciplina en resultados,
adversidad en resiliencia,
liderazgo en capacidades,
ética en confianza,
sostenibilidad en permanencia
y propósito en trascendencia.
Y entonces comprendo que no estoy simplemente escribiendo un libro.
Estoy escribiendo una vida que algún día tendrá algo que decir.
Referencias
Bass, Bernard M., and Ronald E. Riggio. 2006. Transformational Leadership. 2nd ed. Mahwah, NJ: Lawrence Erlbaum Associates.
Brown, Michael E., Linda K. Treviño, and David A. Harrison. 2005. “Ethical Leadership: A Social Learning Perspective for Construct Development and Testing.” Organizational Behavior and Human Decision Processes 97 (2): 117–134. https://doi.org/10.1016/j.obhdp.2005.03.002.
Duckworth, Angela L., Christopher Peterson, Michael D. Matthews, and Dennis R. Kelly. 2007. “Grit: Perseverance and Passion for Long-Term Goals.” Journal of Personality and Social Psychology 92 (6): 1087–1101.
Elkington, John. 1997. Cannibals with Forks: The Triple Bottom Line of 21st Century Business. Oxford: Capstone.
Frankl, Viktor E. 2006. Man’s Search for Meaning. Boston: Beacon Press.
Masten, Ann S. 2001. “Ordinary Magic: Resilience Processes in Development.” American Psychologist 56 (3): 227–238.
Saramago, José. 1981. Viaje a Portugal. Lisboa: Editorial Caminho.
Senge, Peter M. 1990. The Fifth Discipline: The Art and Practice of the Learning Organization. New York: Doubleday/Currency.

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