Gobernanza financiera y brechas de género en el cooperativismo ecuatoriano

 


Resumen

El estudio examina las resistencias feministas y la gobernanza financiera en el cooperativismo ecuatoriano, abordando la inclusión, el poder y la desigualdad en un contexto de persistentes brechas estructurales y exclusión. La metodología es mixta, combinando análisis estadístico de datos del sector cooperativo, entrevistas a líderes de redes y revisión de literatura científica. Los hallazgos revelan una inclusión financiera asimétrica: aunque las mujeres sostienen el ahorro sectorial, enfrentan barreras de acceso al crédito, incluso con similares niveles de score, derivadas de sesgos androcéntricos ajenos al perfil de riesgo. Paralelamente, la educación financiera presenta amplia cobertura, aunque con bajo impacto real, debido a metodologías tradicionales que no generan cambios conductuales ni transformaciones en el comportamiento financiero. En gobernanza, se evidencia una contradicción sistémica: la paridad nominal coexiste con un “techo de cristal” donde la división sexual del trabajo y la debilidad de políticas de conciliación limitan el ejercicio del poder femenino. Se concluye que, pese a su potencial inclusivo, el cooperativismo reproduce lógicas patriarcales. Por tanto, resulta urgente transitar hacia un marco institucional renovado que integre la justicia económica, la revalorización de los cuidados, la autonomía y el liderazgo de las mujeres como ejes del desarrollo cooperativo, así como innovar en educación financiera mediante su incorporación en la malla curricular y promover transformaciones culturales e institucionales con impacto positivo.

Introducción

En las últimas décadas, América Latina ha emergido como un epicentro analítico fundamental para examinar la respuesta de los movimientos feministas ante la confluencia de diversas crisis económicas, políticas y de cuidados. En este marco, el concepto de género constituye una categoría analítica central, en tanto, como define Garcia (2024, 45), “alude a los estereotipos, roles sociales, condición y posición adquirida, comportamientos, actividades y atributos apropiados que cada sociedad en particular construye y asigna a varones y mujeres”. En consecuencia, las nociones de hombre y mujer corresponden al ámbito del sexo, mientras que lo masculino y lo femenino remiten a construcciones propias del género.

Desde esta perspectiva estructural, refuerzan destacan Del Pozo y Coheloso (2026, 89), “la crisis ocasionada por el COVID agravó las desigualdades estructurales derivadas de un sistema patriarcal, heteronormativo y capitalista e impactó negativamente en las mujeres, especialmente en aquellas en riesgo de exclusión social”. En esta misma línea, Bayly, Ramírez y Morita (2023, 15) señalan que las diferencias sociales entre hombres y mujeres “mayor esperanza de vida, pausas laborales por embarazo, responsabilidades de cuidado y menor acceso a activos” se articulan con una baja formación en la toma de decisiones económicas, lo que genera una mayor vulnerabilidad y disposición a la pobreza.

Este contexto se evidencia en la 19.ª edición del informe sobre la brecha de género global, el cual analiza la paridad en cuatro áreas fundamentales: participación económica y oportunidades, educación, salud y supervivencia, y empoderamiento político. El estudio incluye 148 economías que abarcan cerca de dos tercios de la población mundial. Según el informe de World Economic Forum (2025), la brecha de género a nivel global se ha reducido al 68,8%, reflejando un avance gradual pero sostenido.

En Ecuador, el informe del MPCEIP (2025), basado en datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) – ENEMDU, muestra que la Población Económicamente Activa (PEA) a septiembre de 2024 presenta claras brechas de género en la participación laboral: los hombres representan el 58 % de la PEA, mientras que las mujeres alcanzan apenas el 42 %. En cuanto al empleo, el 59 % de las personas ocupadas corresponde a hombres y el 41 % a mujeres; por otro lado, dentro de la población desempleada, las mujeres constituyen el 57 % frente al 43 % de hombres. Estos datos reflejan la persistencia de barreras estructurales que restringen la incorporación de las mujeres en sectores formales y de mayor productividad.

Llerena (2024) señala que, pese a avances en la reducción de las brechas de género, aún persisten estructuras sociales que limitan las oportunidades y la participación de las mujeres en ámbitos políticos, económicos y laborales. En este marco, el World Economic Forum (2025) indica que tres regiones podrían cerrar la brecha en el próximo siglo, destacando América Latina y el Caribe, que alcanzaría la paridad en 57 años tras avanzar 8,6 puntos porcentuales desde 2006. Europa y América del Norte lo harían en 76 y 89 años, respectivamente, mientras que Asia Central, Oriente Medio y África del Norte enfrentarían plazos más largos de 208 y 185 años. Asimismo, países como Bangladesh, Ecuador, Etiopía, México y Arabia Saudí muestran avances acelerados, evidenciando que el progreso varía según las dinámicas regionales y nacionales.

Aunque la igualdad y la diversidad son conceptos distintos, la segunda funciona como una herramienta estratégica para fortalecer la equidad de género. Esta relación es respaldada por la Agenda 2030, cuyo “ODS 5 reconoce la igualdad de género no solo como un derecho humano fundamental, sino como un pilar clave para la prosperidad y sostenibilidad global” (García 2024, 47). Asimismo, Hernández (2024) señala que las oportunidades laborales continúan favoreciendo a los hombres, mientras persisten creencias que limitan el liderazgo femenino, evidenciando barreras estructurales y estereotipos de género. En este sentido, se destaca que “las oportunidades laborales favorecen a los hombres, mientras persisten creencias que limitan el liderazgo femenino”, lo que refuerza la necesidad de que las organizaciones adopten estrategias inclusivas, promuevan la igualdad, impulsen el desarrollo del talento femenino y aseguren entornos laborales libres de acoso y discriminación Hernández (2024, 1).

En consecuencia, González (2024, 27) plantea que “el empoderamiento es un proceso y, al mismo tiempo, una meta y estrategia para la igualdad de género”, y que “no es otorgado, sino que surge del interior”, por lo que debe promoverse respetando su carácter individual y de largo plazo. Esto resalta que el empoderamiento requiere acompañamiento continuo y condiciones que faciliten su desarrollo progresivo. Por su parte, Mier y Ruales (2025) señalan que la brecha de género en la inclusión financiera limita el acceso de las mujeres a servicios formales en América Latina y el Caribe, restringiendo sus oportunidades económicas y sociales; sin embargo, también representa una oportunidad de mercado para las entidades financieras. En este sentido, cerrar esta brecha no solo impulsa la equidad, sino que también favorece el crecimiento económico inclusivo (Mier y Ruales 2025).

No obstante, la inclusión aún presenta múltiples formas de exclusión. Jaramillo y Céspedes (2020, 1) advierten que el Comité CEDAW[1] “tiende a centrarse en la explotación de la prostitución y el tráfico”, reflejando una visión limitada que reduce la complejidad de las realidades femeninas¸ gerenarndo esta visión limita enfoques integrales que consideren derechos y condiciones estructurales. En la misma línea, Galindo, De la Varga y Ciruela (2012, 118) señalan que “la falta de profesionalización… dificulta el acceso de la mujer a cargos de poder”, por lo que proponen que “la mujer participe de manera activa, sin relegar su papel a una presencia simbólica”, destacando la necesidad de una inclusión efectiva y no solo formal (Galindo, De la Varga y Ciruela 2012, 118).

En coherencia, Enriquez et al. (2024, 205) destacan que la gobernanza inclusiva, apoyada en normas como ISO 26000, fortalece la igualdad de género mediante transparencia y responsabilidad organizacional. Esto permite generar entornos más equitativos y sostenibles dentro de las instituciones. Bajo esta lógica, Vergara (2019) indica que el cooperativismo amplía la inclusión financiera, especialmente en sectores vulnerables, requiriendo enfoques de género en la regulación y acción estatal. Así, Pereira, Del Pozo y Coheloso (2026) advierten que es responsabilidad del Estado, el tercer sector y las empresas gestionar la complejidad de la desigualdad de género mediante políticas más efectivas de conciliación, incentivos a la contratación y un compromiso real con la responsabilidad social empresarial. Asimismo, destacan el papel clave de la educación social para sensibilizar a la sociedad y promover entornos más justos e igualitarios (Pereira, Del Pozo y Coheloso 2026).

En Ecuador, el marco normativo en materia de género se estructura de manera articulada entre distintos cuerpos legales que, en conjunto, buscan garantizar la igualdad, la inclusión y la protección de derechos. La Constitución de 2008 (arts. 11 y 66) establece como principios fundamentales la igualdad y la no discriminación, los cuales constituyen la base del ordenamiento jurídico y se fortalecen con la LOIPEVCM (2018, art. 156), que consolida un marco de protección integral frente a la violencia de género. En esta misma línea, el COIP (2014) tipifica y sanciona el femicidio (art. 141) y la violencia intrafamiliar (arts. 155–158), reforzando la respuesta penal frente a estas formas de violencia. De manera complementaria, la LOGIDC (2016, art. 94) reconoce la autopercepción de género, ampliando el reconocimiento jurídico de la diversidad y fortaleciendo el enfoque de derechos.

En el ámbito económico, el COMF (2014, art. 4) establece la primacía del ser humano sobre el capital como principio rector del sistema financiero, mientras que su art. 36 promueve la inclusión financiera con especial énfasis en mujeres en situación de vulnerabilidad, con el fin de reducir brechas estructurales de acceso. En el sector cooperativo, la normativa de la SEPS (2021) impulsa la equidad mediante el acceso a servicios, la transparencia y la participación de las mujeres, enfoque que se refuerza con la disposición de la SEPS (2024), orientada a disminuir las brechas de género y a promover el diseño de productos financieros inclusivos. De forma articulada, estas normativas consolidan una gestión financiera orientada a la equidad y la inclusión.

A nivel comparado, los avances en gobernanza de género muestran trayectorias desiguales. En este contexto, García (2024, 63) evidencia que la efectividad normativa depende de la voluntad institucional, mientras que Anzorena y Serú (2026, 54–55) destacan la naturaleza no lineal de las políticas de género en Argentina. En esta misma línea, Hernández (2024) subraya que “es fundamental que las organizaciones tengan la voluntad de revisar sus políticas para identificar y eliminar los sesgos de género”, y que “para avanzar en la equidad de género en el liderazgo, es imprescindible adoptar un enfoque interdisciplinario… Hernández (2024, 25–26)”

Desde una perspectiva social, se observa que la gobernanza de género y las políticas de inclusión presentan tensiones estructurales entre normativa, voluntad institucional y contexto político. En el ámbito cooperativo europeo, García (2024, p. 63) evidencia asimetrías territoriales en la implementación de políticas de igualdad, señalando que la consolidación del enfoque de género “depende de la voluntad institucional que refuerce el mandato legal”. En América Latina, Anzorena y Serú (2026) explican que el mecanismo de género en Argentina atravesó cambios irregulares entre 1987 y 2024, influido por la política y las tensiones con el feminismo “tuvo una trayectoria no lineal desde su creación en 1987 hasta su disolución en 2024”. Su alcance varió entre la ampliación de derechos y funciones más limitadas, contribuyendo igualmente a transformar la institucionalidad estatal en materia de género (Anzorena y Serú 2026, 54-55).

En esta misma línea, Hernández (2024, 25–26) enfatiza que “es fundamental que las organizaciones tengan la voluntad de revisar sus políticas para identificar y eliminar los sesgos de género”, y que el avance hacia la equidad en liderazgo requiere “un enfoque interdisciplinario que combine educación, formación y cambios estructurales organizacionales”. Complementariamente, desde una perspectiva macroeconómica crítica sobre las políticas financieras internacionales, Bohoslavsky y Rulli (2020) advierten que, los Estados han financiado la respuesta a la pandemia mediante déficit fiscal, emisión monetaria y endeudamiento. “Si bien las IFIs han otorgado alivio y créditos de emergencia, estas medidas podrían incrementar el sobreendeudamiento”. En consecuencia, “se profundiza la vulnerabilidad frente a presiones de acreedores multilaterales” (Bohoslavsky y Rulli 2020, 11).

Mientras que Chikwe et al. (2024) subrayan que el estudio comparativo evidencia el valor de las estrategias comunitarias para promover la igualdad de género, y que estas deben reforzarse dentro de las iniciativas globales orientadas a la inclusión socioeconómica y al fortalecimiento de la resiliencia de las mujeres” (Chikwe et al. 2024, 118), desde una perspectiva más estructural Grabel (2025) amplía la discusión al señalar que la gobernanza macroeconómica global presenta serias deficiencias que se profundizaron con la crisis del COVID-19, lo que evidencia la urgencia de transformaciones estructurales.

A pesar de este amplio desarrollo teórico, normativo y empírico, persiste un vacío analítico en la articulación entre inclusión financiera, gobernanza cooperativa y resistencias feministas en el contexto específico del cooperativismo ecuatoriano. En particular, no se ha profundizado suficientemente en cómo se configuran las dinámicas reales de acceso al crédito, la distribución del poder en la gobernanza cooperativa y su relación con las agendas feministas regionales. En este contexto, el presente estudio combina datos estadísticos sobre captaciones, colocaciones crediticias desagregadas por sexo y composición de género en órganos de gobierno entre 2020 y 2025, con aportes teóricos desde la economía feminista y las resistencias feministas latinoamericanas. A partir de una metodología mixta que incluye entrevistas a mujeres lideresas e informantes institucionales, se busca responder: (1) ¿qué patrones de inclusión o exclusión se configuran en el acceso al crédito cooperativo?; (2) ¿cómo se distribuye el poder en la gobernanza cooperativa y qué barreras enfrentan las mujeres?; y (3) ¿en qué medida estas prácticas convergen o tensionan las agendas feministas regionales?

De este modo, al articular el caso ecuatoriano con debates comparados europeos y latinoamericanos, este estudio contribuye a discutir los alcances del cooperativismo como dispositivo de inclusión financiera y como posible espacio de politicidad feminista frente a crisis múltiples. En consecuencia, se propone comprender cómo las luchas feministas latinoamericanas no solo cuestionan jerarquías tradicionales, sino también las lógicas dominantes de la arquitectura financiera global, abriendo así posibilidades para modelos más equitativos que fortalezcan tanto a las mujeres como a sus comunidades.

Material y métodos

El presente estudio adopta un diseño metodológico mixto, orientado a aprehender la complejidad de la inclusión financiera y la gobernanza con perspectiva de género en el cooperativismo de ahorro y crédito ecuatoriano. Este enfoque permite una triangulación sinérgica al combinar el análisis estadístico de datos secundarios oficiales con la riqueza narrativa de la indagación cualitativa. La dimensión cuantitativa se fundamenta en el procesamiento de información provista por el organismo de control (SEPS) para el periodo 2020-2025. El análisis abarca variables críticas como captaciones, colocaciones, perfiles de riesgo crediticio y niveles de educación financiera, desagregadas por sexo. Asimismo, se examina la composición de los órganos de gobierno, evaluando variables de edad, nivel educativo, cargo y género, con el fin de mapear las asimetrías existentes en la toma de decisiones. Para complementar esta base empírica, la dimensión cualitativa integra entrevistas semiestructuradas a lideresas y referentes institucionales, junto con un análisis crítico de literatura especializada y debates académicos recientes. Este componente es fundamental para captar las experiencias, percepciones y resistencias feministas, permitiendo interpretar no solo la brecha estadística, sino también las barreras simbólicas y estructurales que limitan la participación plena de las mujeres en los espacios de decisión cooperativa.

Análisis y resultados

 

Brecha de Género en Inclusión financiera: Ahorro

Los datos de la figura 1. evidencian una aparente paradoja: las mujeres lideran las captaciones en casi todos los niveles educativos y rangos etarios, pero enfrentan desventajas estructurales en el acceso y uso de servicios financieros formales. En el análisis por nivel educativo, la sobrerrepresentación femenina en el grupo sin instrucción (76,5% frente a 23,5%) no debe interpretarse como mayor inclusión, sino como reflejo de estrategias de gestión del hogar y administración de recursos en contextos de vulnerabilidad. A medida que aumenta el nivel educativo, la brecha se reduce —primaria (48,6% mujeres vs. 51,4% hombres), secundaria (53,9% vs. 46,1%) y superior (51,5% vs. 48,5%)— lo que sugiere que la educación actúa como un factor de convergencia en el comportamiento financiero, aunque no elimina completamente las desigualdades.

Por su parte, el análisis por edad muestra que las mujeres concentran el 72,3% de las captaciones en el grupo de 18–29 años frente al 27,7% de los hombres, mientras que en los rangos de 30–39 y 40–49 años existe paridad (50% cada uno). En los grupos de mayor edad, las mujeres mantienen una ligera ventaja: 52,9% en 50–65 años y 53,5% en mayores de 65 años. Este patrón sugiere que el ciclo de vida incide en la relación con el sistema financiero, donde las mujeres, especialmente en etapas tempranas y tardías, asumen un rol más activo en la gestión de recursos, posiblemente vinculado a responsabilidades familiares, transferencias sociales o estrategias de subsistencia.

No obstante, al conectar estos hallazgos con la evidencia empírica regional, se identifica una tensión estructural. Como señalan Mier y Ruales (2025), “ser mujer reduce la probabilidad de tener una cuenta de transacciones en 3,78 pp, una tarjeta débito en 4,59 pp, una tarjeta de crédito en 1,80 pp, usar tarjeta débito en 3,79 pp, usar tarjeta de crédito en 1,22 pp, tener ahorro formal en 2,64 pp y un préstamo formal en 0,922 pp, evidenciando que la discriminación es mayor en la etapa de acceso que en la de uso de los servicios” (Mier y Ruales 2025, 28). Esta evidencia sugiere que, aunque las mujeres aparecen como protagonistas en las captaciones, su participación podría concentrarse en productos de bajo umbral o en mecanismos que no implican una inclusión financiera plena.

En esta misma línea, Kazemikhasragh y Buoni sostienen que “la inclusión financiera y la educación contribuyen al desarrollo y crecimiento económico de un país, a pesar de los esfuerzos para aumentar el acceso de las mujeres a productos financieros, un alto porcentaje aún no tiene acceso ni uso efectivo de servicios financieros formales en América Latina y el Caribe” (Kazemikhasragh y Marianna Buoni 2022, 1785). A nivel global, esta brecha se refleja en que aproximadamente el 74 % de las mujeres posee una cuenta financiera frente al 78 % de los hombres, diferencia que se amplía en el ahorro formal, donde solo cerca del 40 % de las mujeres ahorra en instituciones financieras frente al 50 % de los hombres, evidenciando una brecha cercana a los 10 puntos porcentuales (Banco Mundial 2022)

Estos resultados permiten afirmar que la mayor participación femenina en captaciones no contradice la existencia de desigualdades de género, sino que la complejiza. Factores estructurales como menores ingresos, mayor informalidad laboral y una carga desproporcionada de trabajo de cuidados no remunerado limitan la capacidad de las mujeres para acceder, sostener y beneficiarse plenamente de los servicios financieros formales. Así, el análisis debe trascender la dimensión cuantitativa de la participación y centrarse en la calidad, profundidad y sostenibilidad de la inclusión financiera.

Figura 1. Inclusión financiera y brecha de género en el SFPS

 Elaboración propia por la autora en base a SEPS (2026).


Brecha de Género en Inclusión financiera: Crédito

 El análisis de la Figura 2 permite dimensionar con mayor precisión las brechas de género en el acceso y monto de crédito. En los nuevos sujetos de crédito, las mujeres representan el 43.7% en el rango bajo (1–377), el 43.6% en el rango medio (377–689), el 44.9% en el rango alto (689–999) y el 48.8% entre los nuevos deudores sin score, mientras que los hombres concentran entre el 51.2% y 56.3% según el tramo. En el monto de crédito concedido, las mujeres reciben el 39.8% en el rango bajo (2.998 de 7.528 millones USD), el 39.6% en el rango medio (1.964 de 4.963 millones USD), el 40.4% en el rango alto (7.952 de 19.659 millones USD) y el 44.9% entre los nuevos deudores sin score (57 de 127 millones USD). En conjunto, estos resultados evidencian que, aunque la participación femenina es significativa, su acceso al crédito y los montos obtenidos se mantienen sistemáticamente por debajo del 50%, reflejando un sesgo estructural en la asignación financiera.

Este hallazgo se refuerza con evidencia comparada que muestra la persistencia de desigualdades en el sistema crediticio. Un estudio de CAF, la Universidad de Chile y la Comisión para el Mercado Financiero de Chile revela que las mujeres tienen un 14,8% menos de probabilidades de acceder a créditos de consumo con perfiles idénticos a los de los hombres, mientras que la aprobación masculina puede ser hasta 56% mayor. Asimismo, se estima que las mujeres dejan de percibir cerca del 9,9% de los beneficios potenciales por créditos no aprobados, lo que confirma la existencia de sesgos de género en la evaluación crediticia y en la toma de decisiones financieras

En este sentido, como advierte Guerra (2026, entrevista), “decir que los sistemas de evaluación son completamente neutros sería desconocer la realidad”, ya que, aunque se basan en variables objetivas, “responden a dinámicas históricas” que no reflejan las condiciones actuales de las mujeres. Factores como la informalidad, la menor titularidad de activos o trayectorias crediticias intermitentes generan sesgos indirectos. No obstante, también señala avances como “modelos alternativos de evaluación”, flexibilización de garantías y uso de información no tradicional, aunque el desafío sigue siendo incorporar una verdadera lectura de género en su diseño.

En esta misma línea, Llerena (2026, entrevista) refuerza que “todavía hay diferencias en los montos colocados en crédito”, señalando que las mujeres continúan recibiendo menores recursos debido a factores estructurales. Entre estos, destaca que “generalmente los bienes están a nombre de los hombres”, lo que limita el acceso a garantías y condiciona la evaluación crediticia. Asimismo, enfatiza que “es un tema estructural que hay que modificar”, ya que las desigualdades en educación, ingresos y trabajo no remunerado se reflejan directamente en el sistema financiero.

En el caso ecuatoriano, según el MPCEIP (2025), el 55,5% de los créditos otorgados a mujeres se destina a actividades no productivas, el 28,6% a capital de trabajo, el 12,4% a activos fijos y el 3,5% a otros fines; mientras que en los hombres el 59,5% corresponde a actividades no productivas, el 24,5% a capital de trabajo, el 13% a activos fijos y el 3% a otros. Estos datos reflejan una participación relevante de las mujeres, aunque todavía condicionada por estructuras económicas que limitan su inserción en actividades de mayor rentabilidad. A nivel territorial, el estudio del sector microempresarial del cantón Quevedo muestra que el 53% de los beneficiarios son mujeres (Vergara 2019, 4), lo que evidencia una presencia significativa en el acceso al microcrédito, aunque no necesariamente en condiciones equitativas. Esto confirma que, si bien el microcrédito actúa como mecanismo de inclusión, su alcance sigue siendo parcial y segmentado.

Desde una perspectiva crítica, esta dinámica se articula con lo planteado por Díaz, Juliana y Rocío Veas (2024,33), quienes señalan que “han ampliado el concepto clásico de trabajo al visibilizar […] las labores de cuidados”, evidenciando que las mujeres sostienen economías invisibilizadas que no siempre son reconocidas por el sistema financiero.

En conjunto, estos elementos permiten sostener que la inclusión financiera es aún incompleta: las mujeres no solo enfrentan menores montos de crédito, sino que también operan en un sistema que, como advierte Guerra (2026), requiere rediseñarse desde su base para incorporar un enfoque de género. Así, más que mejorar el acceso, el desafío radica en transformar las condiciones estructurales que reproducen estas desigualdades.

 

Figura 2. Inclusión financiera y acceso al crédito

Elaboración propia por la autora en base a SEPS (2026).

 

Brechas sectoriales por Género

La segmentación por género en el Gráfico 3 evidencia que la paridad en el acceso al crédito solo se alcanza en sectores históricamente feminizados, como el comercio (50.6%) y la enseñanza (50%). Sin embargo, esta igualdad aparente se produce en actividades con montos globales menores, lo que restringe la capacidad de acumulación y expansión económica de las mujeres. La paridad aquí no representa igualdad sustantiva, sino la reproducción de roles tradicionales que consolidan patrones de segmentación laboral y limitan la movilidad social. Se observa además que las brechas se profundizan en sectores estratégicos y de alto dinamismo económico: en el empleo privado (41.5%), el empleo público (40.7%) y la agricultura (46.1%), las mujeres participan de manera significativa, pero siempre en desventaja frente a los hombres, reflejando techos de cristal y barreras culturales que condicionan el acceso femenino al capital.

En consecuencia, los sectores altamente masculinizados concentran las desigualdades más extremas: transporte (17.1%), construcción (3%) y jubilados (16.3%), evidenciando exclusión estructural y desigualdades acumuladas a lo largo del ciclo laboral. La lectura conjunta de los gráficos confirma que el crédito funciona como un mecanismo de reproducción de desigualdades sociales y de género. Tal como enfatiza Llerena (2024, 3), “varios factores, que van desde lo cultural hasta lo económico, han impedido que la mujer acceda y use de forma igualitaria productos y servicios financieros”. En la misma línea, Kazemikhasragh y Buoni (2022, 1785) demuestran que variables como “el nivel educativo, el uso de tecnología y el grado académico” son determinantes para ampliar el acceso femenino al crédito. Estas reflexiones permiten comprender que las brechas sectoriales en Ecuador responden a una doble dimensión: la reproducción de roles tradicionales y barreras culturales que limitan la movilidad social de las mujeres, y la necesidad de políticas que integren educación, tecnología e igualdad de género como ejes para transformar el crédito en un verdadero mecanismo de inclusión.

En consecuencia, los sectores altamente masculinizados concentran las desigualdades más extremas: transporte (17.1%), construcción (3%) y jubilados (16.3%), evidenciando exclusión estructural y desigualdades acumuladas a lo largo del ciclo laboral. La lectura conjunta de los gráficos confirma que el crédito funciona como un mecanismo de reproducción de desigualdades sociales y de género. Tal como enfatiza Llerena (2024, 3), “varios factores, que van desde lo cultural hasta lo económico, han impedido que la mujer acceda y use de forma igualitaria productos y servicios financieros”. En esta misma línea, Kazemikhasragh y Buoni (2022, 1785) demuestran que variables como “el nivel educativo, el uso de tecnología y el grado académico durante las restricciones por Covid-19 son determinantes para ampliar el acceso femenino al crédito”. Complementariamente, Inostroza, Miranda y Araya (2025) destacan el papel de las cooperativas como alternativas a los modelos tradicionales de producción, especialmente en contextos rurales e indígenas donde se configuran formas de trabajo colectivo y resistencia, mientras que Guessennd (2025, 111) advierte que “las microfinanzas han sido promovidas como una herramienta para impulsar la inclusión financiera”, aunque “el empoderamiento económico a largo plazo es desigual”. Estas evidencias refuerzan la necesidad de enfoques integrales, donde las donde las redes solidarias y las finanzas comunitarias se consoliden como estrategias clave para fortalecer la capacidad adaptativa y la organización social y transformar el crédito en un verdadero mecanismo de inclusión Siguiendo a Kazemikhasragh y Marianna (2022). “La inclusión financiera y la educación contribuyen al desarrollo y crecimiento económico de un país”, a pesar de los esfuerzos para aumentar el acceso de las mujeres a productos financieros, un alto porcentaje aún no tiene acceso ni uso efectivo de servicios financieros formales en América Latina y el Caribe (Kazemikhasragh y Marianna 2022, 1785).

Figura 3. Inclusión financiera por actividad económica

Elaboración propia por la autora en base a SEPS (2026).

 

 Brechas de género en Eduacacion financiera

El análisis integrado de los datos conforme a SEPS (2026), evidencia que el sistema de educación financiera alcanza una cobertura total de 647.435 personas, distribuidas en 193 entidades y 613 programas, con la participación de 336 mil hombres y 311 mil mujeres (figura 4). El Segmento 1 concentra la mayor parte de beneficiarios con 503.152 personas en 147 programas, seguido por el Segmento 2 con 68.854 personas en 215 programas y el Segmento 3 con 67.018 personas en 233 programas; mientras que los segmentos de menor escala —Segmento 1 Mutualista (7.877 personas) y Segmento 4 (534 personas)— reflejan una cobertura significativamente reducida. Estas cifras muestran que, aunque existe una amplia oferta institucional, la distribución es desigual, lo que limita la equidad territorial y sectorial.

En diálogo con esta evidencia, el problema no radica solo en la cobertura, sino en la efectividad de los programas. Como señala Llerena (2026, entrevista), “no creo que se haya diferencias entre los programas que hacen las más grandes o las más pequeñas”, pero, pese a la multiplicidad de iniciativas, “las capacidades financieras y el bienestar financiero de la población no ha mejorado en los últimos cinco años”, lo que evidencia limitaciones estructurales. Esto se relaciona con intervenciones puntuales y poco sostenidas, que dificultan aprendizajes duraderos. En la misma línea, “los programas tradicionales no tienen un efecto real […] porque llegan con conceptos básicos que las personas escuchan una vez”, lo que exige repensar estrategias más integrales (Llerena 2026, entrevista). A ello se suma que, aunque se ha capacitado a miles de mujeres, esto no se traduce necesariamente en mayor autonomía económica, pues se prioriza el uso de productos y la cultura de pago, dejando de lado habilidades clave como la toma de decisiones, la negociación y la gestión de riesgos (Guerra 2026, entrevista)

Desde la perspectiva de la gestión institucional, se reconoce que la educación financiera, por sí sola, no garantiza resultados si no se acompaña de transformaciones en las relaciones de poder al interior de los hogares y de las organizaciones. En este sentido, “una mujer puede tener educación financiera, pero si no tiene control sobre ingresos o decisiones en su hogar, el impacto es limitado” (Guerra, 2026, entrevista), lo que evidencia la necesidad de avanzar hacia enfoques que promuevan la autonomía económica.

En esa misma línea, estas limitaciones coinciden con lo planteado por Galindo, De la Varga y Ciruela (2012), quienes advierten que la ausencia de formación con enfoque de género desde etapas tempranas restringe el desarrollo de capacidades para una participación efectiva en la toma de decisiones. Bajo este enfoque, se considera que, si bien la educación financiera constituye una herramienta relevante dentro del cooperativismo, su implementación puede reproducir ciertas asimetrías institucionales y limitaciones en la incorporación del enfoque de género. Por ello, más que un mecanismo neutral, estos programas deben entenderse como parte de la gobernanza del sector, en la que se define quién accede al conocimiento financiero, bajo qué condiciones y con qué impacto real en la reducción de desigualdades (SEPS, 2025).

 

Figura 4. Brechas de género en Eduacación financiera

Elaboración propia por la autora en base a SEPS (2026).

 

Brechas de género en Gobernanza

La integración de la Figura 4 ofrece una visión reveladora sobre la relación entre género, educación y liderazgo en el ámbito financiero y organizacional, al evidenciar los espacios donde las mujeres no solo participan, sino que predominan y sostienen dinámicas fundamentales dentro de las estructuras institucionales. En la distribución por nivel de instrucción, ellas concentran el 76.5% en el grupo sin instrucción y el 53.9% en secundaria, además de superar a los hombres en educación superior con 51.5% frente a 48.5%. En la distribución por edad, las mujeres lideran en los extremos generacionales: 72.3% en 18–29 años y 53.5% en mayores de 65, manteniendo paridad en los grupos intermedios. En la composición directiva por nivel de instrucción, las mujeres superan a los hombres en educación superior (2.568 frente a 2.506) y en los tramos de menor instrucción, mientras que los hombres predominan en secundaria (1.908 frente a 1.562). En la evolución de la participación directiva (2020–2025), las mujeres incrementan su presencia del 45.1% al 48.5%, mientras los hombres descienden del 54.9% al 51.5%. Finalmente, en la distribución por cargo, las mujeres predominan como Secretarias (70.4%), mientras los hombres concentran cargos de mayor jerarquía como Presidente (62.6%) y Representante Legal (63.7%).

En este sentido, desde la óptica de la gestión estratégica institucional, estas cifras evidencian que, aunque “el cooperativismo tiene una base democrática sólida”, persisten brechas estructurales asociadas a trayectorias históricas y redes de poder (Guerra, 2026, entrevista). En efecto, “no siempre existen mecanismos activos para promover la participación femenina en la gobernanza”, lo que limita la consolidación de una representación equitativa. En esta misma linea, el estudio de Enriquez et al. (2024) evidencia que en el Segmento 1 Cooperativas las mujeres representan el 8,32% y los hombres el 9,13%, mientras que en el Segmento 1 Mutualista la participación femenina es apenas del 0,45%. En el Segmento 2, las mujeres alcanzan el 11,57% frente al 10,18% de los hombres. Los Segmentos 3, 4 y 5 reflejan mayor paridad: 20,19% vs. 19,85%; 31,28% vs. 31,77%; y 28,19% vs. 27,96%.

En esta línea, Llerena (2026, entrevista) destaca que “el 80% de las decisiones de consumo las toman las mujeres”, lo que subraya la importancia de su participación en la toma de decisiones empresariales. Sin embargo, estas dinámicas confirman que “la exclusión de la mujer viene de años atrás”, evidenciando que no se trata de una brecha coyuntural sino estructural (Llerena, 2026, entrevista). En coherencia, profundiza al señalar que, aunque “parecería que la brecha se ha reducido”, un análisis más detallado muestra que “el 70% sigue siendo hombres” en cargos de presidencia, mientras las mujeres se concentran en roles de menor jerarquía. Además, advierte que “nunca se capacita a los hombres”, lo que evidencia que las estrategias institucionales no cuestionan las estructuras masculinizadas del poder. En este sentido, sostiene que “es una brecha cultural que hay que ir trabajando” (Llerena, 2026, entrevista).

Respecto a los avances en equidad de género en el sector financiero, el estudio de Deloitte (2024) señala que solo el 24,8% de los miembros de directorios y el 6% de gerencias generales son mujeres. En cooperativas, apenas el 37% ocupa presidencias y el 36% la representación legal, lo que confirma las limitaciones señaladas por Llerena en cuanto a la persistencia de desigualdades en los espacios de mayor poder.

El estudio de Giove, Díaz y Cruz (2025) muestra que el empoderamiento es un proceso dinámico que fortalece la autoconfianza y la participación, aunque persisten barreras estructurales. En esta línea, se reconoce que “el empoderamiento económico contribuye al bienestar familiar y comunitario” (Llerena, 2024, 3), pero no garantiza por sí solo la equidad si no transforma las condiciones estructurales.

Asimismo, Kulkarni y Mishra (2022) destacan que las mujeres aportan competencias clave como inteligencia emocional, empatía y liderazgo democrático, lo que fortalece la toma de decisiones y la cohesión organizacional, generando decisiones “más sostenibles y alineadas con el territorio” (Guerra, 2026, entrevista). En este marco, el estudio de Lapierre, Moctezuma y Romualdo (2025) aporta una dimensión clave para comprender la gobernanza femenina más allá de los espacios formales: las mujeres sostienen prácticas de cuidado que configuran formas de liderazgo comunitario, al concebir el cuidado como “un proceso integral que articula dimensiones culturales, espirituales y sociales” (Lapierre, Moctezuma y Romualdo (2025, 15). Este tipo de gobernanza, aunque fundamental, se ejerce en condiciones de desigualdad y limitada incidencia institucional. En este contexto, se refuerza que “la gobernanza con enfoque de género no es representación simbólica, sino calidad de decisión” (Guerra, 2026, entrevista).

En síntesis, Galindo, De la Varga y Ciruela (2012) sostienen que, pese a avances, mujeres e indígenas continúan subrepresentados en espacios de decisión, lo que exige estrategias integrales. En resumen, estos resultados sugieren que, si bien la educación financiera constituye una herramienta relevante dentro del cooperativismo, su implementación reproduce asimetrías institucionales. Como advierte Llerena, “necesitamos consejos participativos”, donde hombres y mujeres “coordinen sus ideas”, lo que refuerza que la equidad no es solo acceso, sino transformación real de la gobernanza (Llerena, 2026, entrevista).

Figura 4. Gobernanza y brechas de género en el SFPS ecuatoriano

Elaboración propia por la autora en base a SEPS (2026).

   

Conclusión

En conclusión, el análisis evidencia que el cooperativismo en Ecuador, pese a contar con “una base democrática sólida”, reproduce tensiones entre la inclusión y las desigualdades de género. La subrepresentación femenina en la gobernanza se explica por “trayectorias históricas de liderazgo masculino”, así como por “redes de influencia… cerradas” y la ausencia de mecanismos que impulsen su participación (Guerra, 2026, entrevista). En este contexto, “no siempre existen mecanismos activos para promover la participación femenina”, lo que limita una representación equitativa (Guerra, 2026, entrevista). Sin embargo, el enfoque de género no constituye una mera “representación simbólica”, sino una mejora sustantiva en la calidad institucional, ya que “cuando las mujeres participan”, las decisiones resultan “más sostenibles, más prudentes y más alineadas con el territorio” (Guerra, 2026, entrevista).

 Respecto a la educación financiera, aunque su cobertura es amplia, su incidencia sigue siendo limitada. Llerena (2026, entrevista), advierte que “las capacidades financieras y el bienestar financiero de la población no ha mejorado en los últimos cinco años”, lo que evidencia que los programas actuales “no tienen un efecto real en la población” debido a su enfoque básico y de corta duración En esta línea, también se reconoce que estas limitaciones responden a factores estructurales más amplios, ya que “es una brecha cultural que hay que ir trabajando” (Llerena, 2026, entrevista). Por ello, se requiere un esfuerzo articulado que impulse “políticas de equidad de género”, “programas de formación para lideresas” y estrategias sostenidas de intervención (Llerena 2024, 4). Este enfoque resulta fundamental, pues, como señalan Kazemikhasragh y Buoni, la inclusión financiera y la igualdad de género actúan de manera complementaria para impulsar un “desarrollo sostenible e inclusivo” (2022, 1785).

 En última instancia, los hallazgos demuestran una brecha significativa entre el diseño normativo y la práctica organizacional. Como advierte Llerena (2026, entrevista), “las mujeres siguen recibiendo montos menores de crédito”, lo que refleja desigualdades estructurales en activos, ingresos y acceso a garantías Esta situación se vincula con lo planteado por Bohoslavsky y Rulli, quienes subrayan la necesidad de evaluar las decisiones financieras en función de su impacto “en la igualdad de género” (2020, 2), así como con Díaz y Veas, quienes destacan que “han ampliado el concepto clásico de trabajo al visibilizar… las labores de cuidados” (2024, 33). Asimismo, Galindo, De la Varga y Ciruela evidencian la persistente exclusión en espacios de poder (2012, 124). Frente a ello, García concluye que la promoción de la igualdad “requiere un marco normativo adecuado… y cambios sociales profundos” (2024, 63). En este sentido, solo mediante estrategias integrales será posible transformar el sistema financiero en un entorno de equidad y autonomía real para las mujeres.


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Entrevistas

Entrevista a Valeria Llerena, Directora ejecutiva de la Red Financiera de Desarrollo (RFD), 30 de marzo de 2026

Entrevista a Juan Pablo Guerra, Gerente General de la Unión de Cooperativas de Ahorro y Crédito del Sur (UCACSUR), 30 de marzo de 2026

 


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